Este fic contiene recreación y especulación sobre hechos del pasado. No tiene spoilers. Todos los lugares y personajes pertenecen a G.R.R. Martin excepto los creados por mí.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 34


Lys estaba situada en una isla más cálida que la del Oso. Jorah tuvo que hacerse con ropa nueva, no sólo porque la que llevaba era escasa y vieja, sino porque abrigaba demasiado. También compró ropa para Lynesse y se la dejó sobre la cama que compartían a la fuerza.

Desde que ella le había revelado la mentira sobre su embarazo, prácticamente no se hablaban. Sus diálogos se limitaban a lo necesario y poco más. Su convivencia empezó siendo un infierno, pero al final se acostumbraron a soportarse como dos viejos enemigos que saben que sin el otro su vida no tiene sentido. Apenas coincidían en la vivienda que Jorah compró tras emplearse como jefe de seguridad de la casa de un influyente hombre de negocios durante los tres meses éste que pasó en Lys. A él no le importaban las idas y venidas de Lynesse, que ganaba dinero también y que empleaba para sus caprichos.
A veces pensaba que, igual que había roto la palabra dada a Lord Eddard, podía también acabar con esa farsa de matrimonio. No obstante, los votos matrimoniales le parecían demasiado sagrados y por eso los mantenía. Sin embargo, sospechaba que Lynesse no respetaba el acuerdo tanto como él. Se acicalaba demasiado cuando salía y regresaba oliendo de manera rara, a sudor y a perfumes extraños. Jorah había aprendido la lección en cuanto a mujeres se refiere y, como mucho, iba a algún prostíbulo sólo por tener la compañía de alguien que le sonriera aunque fuera pagando. Nunca tenía relaciones con las prostitutas, buscaba una cara amable y un oído que escuchara sus preocupaciones. Sin embargo, si probaba que Lynesse lo era, podría poner fin a la palabra dada. Sólo necesitaba pillar a su mujer en flagrante adulterio.
Decidió trazar un plan para ello. Jamás se daban explicaciones de lo que hacían durante el día, así que si se ausentaba toda la jornada ella no lo vería raro. Salió temprano, se disfrazó con ropas de mendigo y esperó agazapado a que Lynesse abandonara la casa para seguirla. A los pocos minutos, apareció en la puerta. Iba muy bien vestida, demasiado para ser por la mañana. Miró hacia los lados y se dirigió hacia una callejuela cercana. Jorah la siguió a una distancia prudencial por el laberíntico trazado de la ciudad.
Lynesse entró en varios establecimientos de joyas, sin duda para hacer negocios con los empeños, y en algunas tiendas de telas. Su tendencia a las compras no había disminuido ni un ápice. Cuando parecía que iba a tomar el camino de regreso, torció hacia una parte de la ciudad que Jorah apenas conocía. Era una zona residencial, con casas lujosas propiedad de prósperos comerciantes. Éstos solían tener sus casas alejadas de sus negocios, por lo tanto la presencia de Lynesse allí no era de carácter profesional. Empezaba a ver que la prueba que necesitaba estaba muy cercana.
Su mujer tocó una campana que había en la reja de entrada. Un sirviente de piel aceitunada y vestido con lujo le abrió. Jorah esperó horas a que saliera de allí. Cuando por fin lo hizo, iba acompañada de un hombre corpulento que llevaba ropas propias de un príncipe. Antes de abandonar la residencia, Lynesse y el desconocido se besaron apasionadamente. Pudo ver con claridad cómo el hombre le tocaba el trasero y ella reía encantada por la situación. Aunque ya no la quería, no dejaba de ser su esposa y la escena lo puso celoso. Una pregunta le vino a la mente: ¿Por qué Lynesse seguía con él? ¿Qué ganaban estando juntos? La respuesta era sencilla: ser acusada de adúltera no era cuestión baladí y, conociendo lo orgullosa que era, dedujo que prefería mantener su matrimonio intacto a ser repudiada como una cualquiera. Ella no podía romper su unión a menos que sorprendiera a Jorah en una situación semejante, algo que no iba a ocurrir. Si Lynesse le había puesto algún tipo de vigilancia para recabar información sobre sus posibles infidelidades, el plan le había salido mal. Nadie, ni las prostitutas de los burdeles que visitaba, le dirían que tenía relaciones sexuales con otras mujeres. No era menos cierto que iniciar una relación extramatrimonial era una posibilidad para finalizar con Lynesse, pero él también tenía su orgullo y mantendría sus votos tal y como le había dicho a ella el día que se pelearon definitivamente. Además, no quería saber nada de mujeres, estaba escarmentado.
Lynesse volvió a casa tranquilamente mientras que Jorah se quedaba en la puerta de la mansión un rato más. Después se dirigió a un local público cercano y pidió un poco de vino. El dueño lo miró con recelo, pero cambió su expresión cuando vio unas monedas brillando sobre la mesa. Jorah retuvo al hombre por el brazo, mostrándole más monedas. “Necesito información sobre quién vive en la casa del final de esta calle,  la de la reja y la campana.” El fulano tomó las monedas: “Es del príncipe comerciante Tregar Ormollen, un tipo muy poderoso.” Así que era un príncipe. Lynesse siempre picó alto y por fin lo había conseguido. Pero seguía atada a él. ¿Y si pretendía asesinarlo para quitárselo de encima? Empezó a temer por su vida. No tenía manera de acceder a la casa del tal Ormollen y sorprender a Lynesse en pleno adulterio. Apuró el vino. Tenía que actuar antes de que a ella se le pasara una idea así por la cabeza. Pero, ¿cómo probar que ella le era infiel?

3 comentarios:

  1. Muy buen capítulo y Jorah por fin la ha pillado. Parece que ha aprendido y quiero saber que plan hará para demostrar el adulterio de la Hightower.


    Julia Stark

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    1. Puede que la suerte esté de su parte por una vez...

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  2. Oh, esto se pone muy pero que muy interesante. Con muchas ganas de leer el capítulo mañana :3

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